Él la miraba como si ella fuera una flor abriéndose en plena primavera. Él la miraba asombrado de su gran cambio, y pudo notar en lo pequeño que se había convertido, se quedó atónito de ver lo que estaba viendo, pensó en todo el dolor que le provocó, la vio derrumbarse, y ahora él era el que se estaba derrumbando, reflexionó sobre su vida y recibió los zarpazos que se merecía.
Ahora el camina hacía ningún lado, todo lo perdió, ni siquiera supo quien era en realidad, sólo era un manojo de flores marchitas, marchitando todo su alrededor, y sólo le acompaña las personas que es de su misma afinidad, tan débiles como él, pero ellos no lo saben y viven ocultos en su vulnerabilidad y en una fuerza hipócrita que no les lleva a ningún lado.
Él cuando camina, mira hacía abajo, como un perro arrepentido. Su alma es tan oscura y tan débil al mismo tiempo, utiliza la maldad como escudo, contaminando todo lo que es, utiliza el dolor para jugar con la gente, y es como un niño pequeño pidiendo ayuda en silencio.


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